jueves, 26 de agosto de 2021

¿VOLVERÁN LAS OSCURAS GOLONDRINAS?

Es una pregunta que me hago con frecuencia (tomando prestado, y transformando en interrogativo el célebre verso de Bécquer) mirando la nave de la iglesia parroquial, y recordando a tanta gente “desaparecida” desde que comenzó esta desgraciada pandemia, que, también, tenemos que reconocerlo, tiene mucho de “plandemia”, y que está sirviendo para transformar el mundo y acelerar el final de una era. Bécquer tenía a su favor para estar tan convencido de la vuelta de las golondrinas, que la naturaleza siempre cumple sus ciclos, y que, por eso, con la llegada de la primavera, volverían a colgar los nidos en el balcón; es lo que ha ocurrido siempre, invariablemente, porque responden a sus instintos, y a un código grabado en su ADN, que las lleva, cuando el reloj de la biología marca la hora, a volver una y otra vez para cumplir con el ciclo de la vida.

Pero en el mundo de la fe no ocurre lo mismo, y por eso yo no estoy tan confiado que “las golondrinas” –nuestros feligreses-, vuelvan a los “nidos” de la fe y de la religión, al menos como lo hemos entendido hasta ahora.

Esta pandemia ha dejado al descubierto muchas cosas, entre ellas, el poco fundamento y la poca hondura de las raíces de la fe de una parte importante de nuestros feligreses, que han preferido abandonar toda práctica religiosa comunitaria –que a veces era incluso diaria-  por el miedo a un posible contagio, y esto a pesar de que las iglesias han sido lugares seguros, entre otras cosas porque se han cumplido con sencillez, constancia y eficacia, todas las prescripciones sanitarias como en ningún otro sitio.

Recalco lo de práctica religiosa comunitaria, porque yo no entro a juzgar sobre la fe privada de nadie. Yo no sé lo que cada uno reza en su casa, ni las veces que su corazón se eleva a Dios, ni el culto que cada uno le tributa en el ámbito de su hogar.  Pero es evidente que la fe comunitaria ha quedado tocada y debilitada por la pandemia, basta con darse una vuelta por nuestros templos. La religión, o es social, o deja de ser religión como tal, para convertirse en un sentimiento que comienza y acaba en la propia persona, fomentando el individualismo espiritual. El beato Manuel Domingo y Sol expresó muy bien el carácter social de la fe y de la religión con aquella frase suya tantas veces citada: “No estamos destinados a salvarnos solos”.

Es cierto que la religión no se reduce a las prácticas en el templo, pero no es menos cierto que cuando la fe no se alimenta de celebraciones comunitarias, tiende a menguar, a convertirse en sentimentalismo o en pernicioso espiritualismo. En la fe, como en todo, necesitamos los unos de los otros. Necesitamos sentir que creemos en el Mismo, que esperamos en el Mismo, que amamos al Mismo. Y esto ocurre, cuando lo expresamos juntos en las celebraciones comunitarias de la fe, que no pueden ser sustituidas por celebraciones virtuales, pues eso, a la larga, es imposible que alimente la fe de nadie.

Tengo la impresión que, en lugar de acercarnos más a Dios, como ha ocurrido a lo largo de toda la historia en las desgracias colectivas, en esta ocasión ha ocurrido exactamente lo contrario, y las iglesias se nos van quedando vacías. Nos han desaparecido demasiados feligreses de los que eran habituales, y hasta parecían firmes en la fe. De durar esto mucho más, me temo que acabaran desapareciendo muchas costumbres religiosas, que hasta ahora eran sustento de la fe de una parte grande de pueblo.

No, yo no tengo tan claro como Becquer que volverán las oscuras golondrinas de tu balcón los nidos a colgar. Yo no sé lo que va a pasar, eso solo lo sabe Dios; yo solo digo lo que desde la parroquia observo día a día, aunque sigo cierto, por pura gracia, que Dios tiene poder para sacar hijos de las piedras; pero estamos a las puertas de un nuevo curso y, la verdad es que no sé si tengo fuerzas ni ganas para afrontar otro año más de pandemia, ni para gestionar constantemente una pastoral parroquial en situación extraordinaria, cada vez con menos gente dispuesta a dejarse la piel por el Reino de Dios, con menos feligreses en las celebraciones, con menos entusiasmo en los que siguen, en la sensación de soledad y abandono por parte de la institución (ella misma desnortada y “rara”),  y sin saber muy bien a dónde vamos ni a lo que vamos.

Ojalá y yo me equivoque, y vuelva de nuevo la primavera, y con ella las golondrinas, aunque no sean aquellas que aprendieron nuestros nombres… porque esas no volverán.

Juan Manuel Miguel Sánchez

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