Aunque no me gusta hablar de "curso", pues en las parroquias no hay "vacaciones"; es cierto que durante el insufrible verano, algunas actividades cesan temporalmente, pero la mas importante de todas, que es dar gloria Dios, esa no cesa nunca, y está por encima de todos los cansinos planes pastorales con los que, al empezar cada curso, nos abruman los obispados a papeles, sin ir casi nunca a lo esencial y concreto.
En lo que se refiere a la catequesis sí podemos decir que "retomamos el curso".
Para quien esto escribe, siendo la catequesis una de las actividad en la que mas tiempo gasta y mas ilusión pone cada curso es, sin embargo, la menos gratificante de todas, pues es consciente que después de tantos meses de dedicación, de tiempo, de recursos, de actividades, de ilusión, empleados en la catequesis, cuando llegue la primera comunión se acabó todo, y nunca mas volveremos a saber de niños y familias.
Y queda el resabio de pensar que cada nuevo curso, al convocar la catequesis de primera comunión, lo que se está convocando es el fomento del consumismo, de la incoherencia y del sinsentido que suponer preparar a unos niños para recibir un sacramento al que no volverán a acercarse -con lo que esto supone de desvincularse de la vida de fe- , por la simple razón de que a sus padres les interesa poco o nada la religión. Sinceramente cada mayo, cuando acaban las comuniones, y en las misas del domingo ya no hay casi ningún niño, pienso el "gran feo" que le hacemos a Dios nuestro Señor, como diciéndole: "Ahí te quedas, fuiste nuestra excusa perfecta para nuestra fiesta, pero tú y tus cosas no nos interesan".
Estas líneas, que parecen a primera vista un tanto pesimistas y derroteras, lo serian si, visto lo visto, uno se conformara con los mínimos y se limitará a "cumplir el expediente" sin poner en ello cada curso el corazón, con el único fin salir airoso del paso, evitar polémicas y quedar bien; no es el caso, pues uno vuelve de nuevo a convocar unas catequesis, para unos niños que lo merecen todo, aunque no encuentren en sus familia -con sus excepciones, que "haberlas haylas"- un caldo de cultivo para vivir la fe que intentamos transmitirles.
En esta labor hay que quitarse el sombrero ante un grupo excepcional de mujeres -gran tesoro de esta parroquia- que, con años de experiencia, ilusión, capacitación, fe y amor a la Iglesia y a la parroquia, retoman cada curso con bríos la tarea catequística, sin mas recompensa que la que el Señor ha prometido a los que trabajan por la extensión de su Reino en la tierra. A ellas mi reconocimiento y gratitud, y mi admiración.


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