miércoles, 28 de julio de 2021

¿CÓMO DEBEMOS COMULGAR?

Con no poca frecuencia, durante el tiempo que llevamos de pandemia, algunos fieles me vienen haciendo esta pregunta, que sirve de título, motivada sobre todo por alguna experiencia desagradable que les ha ocurrido en iglesias, donde, como si de pecadores públicos y notorios se tratase, les han negado la comunión mientras no alargaran la mano para recibirla exclusivamente de esta manera. Como enseguida sé de donde viene la cosa, y por donde quieren ir, finjo una cierta ingenuidad socarrona, y suelo responder:

.- Pues comulgar hay que comulgar “con pureza de conciencia, dignamente preparados”.

A lo que enseguida me responden:

.- “No, no, me refiero si ¿en la boca o en la mano?”.

Y es que aprovechando que “el Pisuerga pasa por Valladolid”, algunos clérigos se han aprovechado de la Covic 19 , y de los miedos de la gente,  para imponer sus propios criterios y gustos, como si de un canon del derecho canónico se tratara; y en un ejercicio de absolutismo clerical, al modo del rey sol, entienden que “la ley, la rúbrica, el código, y toda la tradición milenaria de la Iglesia soy yo”, y no hay mas.

Y es curioso que sean los sacerdotes aparentemente más “liberales” (los que eran “mozos” cuando “el concilio” de sus todas sus incumplidas reivindicaciones), los que se manifiesten más rígidos en este campo. Y a la hora de administrar la comunión en “su misa” (pues suelen creer que la misa que es “suya”, y no de la Iglesia), olvidan todos sus discursos edulcorados sobre el laicado, el Vaticano II, la “Lumen Gentium” y hasta la “Populorum Progessio”, para perder todos los papeles, y su parlamento buenista y conciliador, si alguno osa abrir su boca y sacar su lengua, para comulgar como se ha comulgado más de quince siglos en la Iglesia Católica  Romana.

Y estos sacerdotes, que es común reduzcan la lista de pontífices romanos al actual, se olvidan de las muchas condenas de “su” idolatrado papa Francisco al mal que ellos mismos padecen: El “clericalismo”.

En una carta al Cardenal Marc Oullete, sobre la misión del laico en la vida pública el Santo Padre dice:

“No es nunca el pastor el que le dice al laico lo que tiene que hacer o decir, ellos lo saben tanto o mejor que nosotros. No es el pastor el que tiene que determinar lo que tienen que decir en los distintos ámbitos los fieles”.

Es una sola muestra, y las citas podrían ser infinitas en Francisco.

*     *      *

No he hecho nunca problema de este tema. Cada uno ha comulgado como ha creído conveniente, dentro de las formas admitidas actualmente. Incluso, a petición de algunos fieles, se colocó, hace años, el comulgatorio para quien quiere comulgar de rodillas, porque está en su derecho, y es una muestra de caridad por parte del pastor hacérselo cómodo. Lo único que hago con alguna frecuencia es recordar cómo se comulga en ambas formas, para que se haga con dignidad, en una y en otra manera.  Tengo que decir en honor a la verdad -y doy gracias por ello- que, en esta parroquia, al menos externamente, la gente comulga muy bien, en la boca o en la mano, como decide cada uno; lo que no quita que siempre haya algún "despistado", al que hay que enseñar con paciencia, porque es una obra de misericordia muy santa enseñar al que no sabe, pues además de las obras de misericordia corporales, también existen las espirituales.

Lo que no puede ser, y es lamentable y los obispos lo saben, es que muchas personas, de reconocida vida religiosa y compromiso eclesial, estén sufriendo por parte de algunos sacerdotes humillaciones públicas en la fila de la comunión, y sean señaladas ante los demás fieles como “intransigentes”, cuando precisamente los intransigentes son los que les niegan un derecho, bajo una aparente capa de salvaguardar la salud de los demás;  porque claro, ellos son los “amigos de la humanidad y de la salud”, y los que respetamos los derechos de los fieles somos “inhumanos” y “temerarios”. y parece estamos deseando que la gente se contagie.

Me pregunto: ¿Serían esos clérigos tan valientes de negar del mismo modo la comunión, a quienes ellos saben muy bien que no debieran acercarse a comulgar, por otras causas, muy distintas, pero tan verdaderamente graves que ponen en peligro su salvación eterna por comer indignamente el Cuerpo del Señor a sabiendas?

Cuanto me gustaría que el Papa Francisco ( y los obispos en lo que les toca como “traditionis custodes” que son) escribiera también un motu proprio tan contundente como el último, “obligando” a todos los sacerdotes de rito romano a celebrar la liturgia según las rúbricas, y no según el  “a mí me da la gana”, que es una de la causas por la que  hay fieles que han abandonado el “novus ordo” que, mal comprendido y peor celebrado, da pie al clericalismo más exagerado, para volverse al “vetus ordo”, que evita en la liturgia toda posibilidad de clericalismo y de fatuo protagonismo, pues hasta en la orientación del sacerdote, este lo hace como un miembro más del Pueblo Santo de Dios, al que pertenece, aunque con un ministerio específico, pero que dista mucho de ser una especie de  “jefecillo” que conduce a su libre albedrío al Pueblo Santo de Dios, como si de pueblo de su propiedad se tratara.

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Pues ya sabéis, a la pregunta que da pie a estas líneas ¿Cómo se debe comulgar? respondo: 

En lo interno con pureza de conciencia y dignamente preparados. Esto es, sabiendo a quien recibimos, sin conciencia de pecado grave, y guardando la hora de ayuno eucarístico.

Y en lo externo como permite actualmente la iglesia y nadie ha derogado: En la boca, que es la forma de más larga tradición, en la que han comulgado todos los santos; o en la mano, forma antigua, caída en desuso cuando la teología eucarística fue evolucionando, y restaurada en la reforma litúrgica realizada tras el Concilio Vaticano II.

 

Juan Manuel Miguel Sánchez

jueves, 22 de julio de 2021

EL VELO DEL CALIZ


He leído, en un decreto firmado por un obispo de un lugar del mundo (con Prot. No. 062-OM-2021), que se ha de evitar, entre otras muchas cosas, el uso del “velo del cáliz” en la celebración de la Santa Misa. No sé si el decreto será auténtico o no, aunque figura en la página web de la diócesis. Podría ser obra de piratas informáticos empeñados en desprestigiar la función episcopal. Que todo es posible.

¿Qué le habrá hecho el velo del cáliz al mencionado obispo? Hay “objetos” – llamémosle así – que gozan de gran predicamento en la liturgia católica. Normalmente, con razón. ¿Quién se atreve a meterse con un Evangeliario? Hasta lo portan, a veces, con el paño humeral reservado a las procesiones eucarísticas. ¿O con el cirio pascual? Incensado, de modo impropio, día sí y día también, durante los cincuenta días de Pascua.  Incluso, una edición de la Biblia figura en algunas iglesias sobre un pedestal, con iluminación destacada, como si se tratase de una especie de sagrario de papel.

Nadie se atreve, nadie osa cuestionar la sensatez – o la eventual estulticia – de ciertos gestos y de ciertos signos. Algunos – gestos y signos – se quedan cortos; otros se pasan de frenada, como se dice en lenguaje coloquial.

Pero con el velo del cáliz no rige este pudor, esta reserva. No, contra el velo del cáliz vale todo. Hasta incluirlo en una lista de horrores que han de ser evitados en una diócesis del mundo, por decreto de un obispo que quizá, esa misma noche, haya dormido mejor pensando en su aportación definitiva al bien de los fieles.

Velar y desvelar. “Velar”, como casi todas las palabras, significa muchas cosas. Una de sus acepciones es “cuidar solícitamente de algo”. El velo del cáliz expresa de manera visible el cuidado que merece el vaso sagrado que contendrá la Preciosísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo. Por eso se vela, el cáliz. Porque no es una copa más, sino una copa sagrada. Con los recursos humildes de lo humano, lo visible – el velo – expresa lo invisible – que ese vaso contendrá la Sangre del Redentor -.

Se trata de la sacramentalidad de lo cristiano, de la referencia de lo visible – pobre, humilde, humano- a lo invisible – el misterio de Dios -.

El fundamento del cristianismo, la revelación, vela y desvela, oculta y manifiesta, resguarda y deslumbra, como aconteció en Belén, en el Tabor y en la Pascua. Como acontece también, velado por la humildad de los sacramentos, en la Santa Misa.

Quizá, por ese motivo, la Introducción general del Misal Romano dice, en el número 118, que “es loable que se cubra el cáliz con un velo, que puede ser del color del día o de color blanco”.

Quizá también, aunque no lo diga nadie, sería más que loable que el señor obispo que ha firmado ese decreto – si es que ese decreto existe y no se trata de un artificio de los enemigos de la Iglesia para burlarse de la fe – lo cubra con un velo; en este caso, con el del olvido.

 

Guillermo Juan Morado.


https://www.infocatolica.com/blog/puertadedamasco.php/2107200227-el-velo-del-caliz